domingo, 27 de mayo de 2012

Los 5 del Ritmo - Nuevo Set

Hola. Les dejo otro set de música dance y algunas rarezas que rejunté para ustedes.



►ESCUCHÁ EL PREVIEW —SET 21—:

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BAJAR EL SET 21 CON LOS TEMAS COMPLETOS ACÁ:
► ► http://www.mediafire.com/LOS_5_DEL_RITMO_SET_21 ◄ ◄
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Recordad que los temas vienen completos y sueltos, no mezclados como en el preview, para que puedas borrar los que no te gusten y quedarte solo con los que quieras.
TIEMPO TOTAL DEL SET: 1 HORA 09 MINUTOS APROX.

Un set bien clásico, ya verán. Comienza con una intro de un regetonero desconocido en estas tierras, pero rapeando. Interesante tema. El set en sí arranca con un típico tema hitero de house-pop, y luego Tiesto remixa a ni más ni menos que a la grosísima Aretha Franklin, y saca un temazo completamente distinto. Esta debería ser la idea siempre de hacer un remix: un tema diferente al original, o las otras versiones, y no esa chotada actual de cambiarle la base de percusión y decir que es un nuevo remix ¬¬.
Van a ver dos versiones de un tema de Vandalism. El primero es un remix actual, el segundo es la versión original creo que de 2009 o 2007, un clásico electro muy bailado.
Luego otra vez el tema de Aretha Franklin, en otra versión del mismo tema pero.. que nada que ver. Tranqui y muy bueno. El clásico Best of my Love, de The Emotions (de los 70s) está remixado y acá lo podés escuchar. si querés saber cómo es el original, también lo tenés, en los Bonus Tracks .
Por último, un temazo, mi preferido sin lugar a dudas de todo este set, Without You. Al negro no lo juno, ni video oficial tiene, pero es un soulfull house de pura cepa (y del carajo)
El resto de los Bonus: La versión original del tema de Aretha Franklin, más una versión con los Rolling Stones (!), otro remix del tema de Vandalism y un par de cositas más.
Comenten qué les gusta más, y hasta el próximo set!! —


►TRACKLIST:
00. INTRO. J Alvarez - El Mundo Da Vueltas
01. Bosson - Guardian Angel (Bodybangers Radio Edit)
02. Tiesto - What Can We Do (A Deeper Love) (Extended Mix)
03. Andy Stroke – Party People (Locco Lovers Remix)
04. Vandalism - Bucci Bag (Reckless Remix)
05. Vandalism - Bucci Bag
06. Poka vs Aretha Franklin  - A Deeper Love (Cross the Line Remix)
07. The Emotions - Best Of My Love (Funkhameleon Remix)
08. Jamie Lewis & Marc Evans - Without You (Jamie Lewis Mastermix)
09. BONUS TRACK. Vandalism - Bucci Bag (Acapella)
10. BONUS TRACK. Aretha Franklin - A Deeper Love
11. BONUS TRACK. Aretha Franklin & The Rolling Stones - A Deeper Love (Chew Fu & Steve Clisby Vocal Mix)
12. BONUS TRACK. The Emotions - Best of my Love (Original Version)
13. BONUS TRACK. Vandalism x Clipse - Fuck Your Bucci Bag (Luny P Mix)
14. BONUS TRACK. Andy Stroke – Party People (Digital Mode Late Night Remix)

lunes, 16 de abril de 2012

El Mito y el Sueño - Por Joseph Campbell

Estoy leyendo un libro que me está volando la cabeza. Este es el primer capítulo. Voy a postear más.

—El Mito y el Sueño - Por Joseph Campbell
 
 Sea que escuchemos con divertida indiferencia el sortile­gio fantástico de un médico brujo de ojos enrojecidos del Congo, o que leamos con refinado embeleso las pálidas traducciones de las estrofas del místico Lao-Tse, o que tra­temos de romper, una y otra vez, la dura cáscara de un argumento de Santo Tomás, o que captemos repentina­mente el brillante significado de un extraño cuento de hadas esquimal, encontraremos siempre la misma historia de forma variable y sin embargo maravillosamente cons­tante, junto con una incitante y persistente sugestión de que nos queda por experimentar algo más que lo que podrá ser nunca sabido o contado.
En todo el mundo habitado, en todos los tiempos y en todas las circunstancias, han florecido los mitos del hom­bre; han sido la inspiración viva de todo lo que haya po­dido surgir de las actividades del cuerpo y de la mente humanos. No sería exagerado decir que el mito es la en­trada secreta, por la cual las inagotables energías del cosmos se vierten sobre las manifestaciones culturales humanas. Las religiones, las filosofías, las artes, las formas sociales del hombre primitivo e histórico, los primeros descubrimientos, científicos y tecnológicos, las propias visiones que atormentan el sueño, emanan del fundamental anillo mágico del mito.
Lo asombroso es que la eficacia característica que con­mueve e inspira los centros creadores profundos reside en el más sencillo cuento infantil, como el sabor del océano está contenido en una gota y todo el misterio de la vida en el huevo de una pulga. Porque los símbolos de la mito­logía no son fabricados, no pueden encargarse, inventarse o suprimirse permanentemente. Son productos espontá­neos de la psique y cada uno lleva dentro de sí mismo, intacta, la fuerza germinal de su fuente.
¿Cuál es el secreto de la visión eterna? ¿ De qué pro­fundidades de la mente se deriva? ¿Por qué la mitología es la misma en todas partes, por debajo dejas diferencias de vestidura? ¿Qué nos enseña?
Actualmente muchas ciencias contribuyen al análisis de este enigma. Los arqueólogos exploran las ruinas de Iraq, Honán, Creta y Yucatán. Los etnólogos interrogan a los ostiacos del río Obi y a los bubis de Fernando Poo. Una generación de orientalistas ha abierto para nosotros re­cientemente los escritos sagrados del Oriente, y también las fuentes prehebreas de nuestra Sagrada Escritura. Mien­tras tanto, otra multitud de eruditos, continuando investigaciones iniciadas el siglo pasado en el campo de la psico­logía de los pueblos, trata de establecer las bases psicológicas del lenguaje, del mito, de la religión, del desarrollo artístico y de los códigos morales.
Sin embargo, lo más extraordinario de todo son las revelaciones que han surgido de las clínicas para enfermeda­des mentales. Los escritos atrevidos, y que verdaderamen­te marcan una época de los psicoanalistas, son indispen­sables para el estudioso de la mitología; porque, piénsese lo que se piense de las detalladas y a veces contradictorias interpretaciones de casos y problemas específicos, Freud, Jung y sus seguidores han demostrado irrefutablemente que la lógica, los héroes y las hazañas del mito sobreviven en los tiempos modernos. Como se carece de una mitología general efectiva, cada uno de nosotros tiene su panteón de sueños, privado, inadvertido, rudimentario pero que obra en secreto. La última encarnación de Edipo, el continuado idilio de la Bella y la Bestia, estaban esta tarde en la esquina de la Calle 42 con la Quinta Avenida, esperando que cambiaran las luces del tránsito.
“Soñé —escribió un joven norteamericano al autor de una publicación periodística asociada—, que estaba repa­rando nuestro tejado. De pronto oí la voz de mi padre que me llamaba desde abajo. Me volví repentinamente para oírlo mejor, y al hacerlo, el martillo se me cayó de las ma­nos, resbaló por el tejado en declive y desapareció por el borde. Oí un golpe fuerte, como el de un cuerpo que cae.
Terriblemente asustado, bajé por la escalera. En el suelo estaba mi padre muerto, con la cabeza ensangren­tada. Desesperado, sollozante, empecé a llamar a mi ma­dre. Ella salió de la casa y me abrazó. ‘No te preocupes, hijo, fue un accidente, tú cuidarás de mí ahora que él no existe’. Cuando me besaba, desperté.
Soy el hijo mayor de nuestra familia y tengo veintitrés años. He estado separado de mi esposa desde hace un año; no pudimos vivir juntos. Quiero mucho a mis padres y nunca he tenido dificultades con mi padre, pero él insis­te en que vuelva a vivir con mi esposa y yo no podría ser feliz con ella. Y nunca lo seré.”
Este marido fracasado revela, con una inocencia verda­deramente maravillosa, que en vez de empujar sus energías espirituales hacia el amor y hacia los problemas de su matrimonio, se ha quedado inactivo en los secretos rincones de su imaginación, con la ahora ridículamente anacrónica situación dramática de su primera y única complicación emocional, la del triángulo tragicómico de la primera in­fancia: el hijo contra el padre por el amor de la madre. Al parecer, la más permanente de las disposiciones de la mente humana es la que se deriva de que, de todos los animales, somos los que nos alimentamos durante más tiempo del pecho materno. Los seres humanos nacen dema­siado pronto; están incapacitados para enfrentarse con el mundo. En consecuencia, su única defensa frente a un universo de peligros es la madre, bajo cuya protección se prolonga el período intrauterino. De aquí que el niño dependiente y su madre constituyan meses después de la catástrofe del parto una unidad dual, no sólo física sino tam­bién psicológicamente. Cualquier ausencia prolongada de la madre causa tensión en el niño, e impulsos agresivos correspondientes; también cuando la madre se ve obligada a oponerse al niño provoca respuestas agresivas. De esta manera, el primer objeto de la hostilidad del niño es idén­tico al primer objeto de su amor, y su primer ideal (que a partir de entonces permanece como la base inconsciente de todas las imágenes de felicidad, belleza, verdad y perfección) es el de la unidad dual de la Virgen y el Niño.
El infortunado padre es la primera intrusión radical de otro orden de realidad en la beatitud de este restable­cimiento terreno de la excelencia de la situación dentro del vientre; la primera impresión que se tiene de él, por lo tanto, es de enemigo. A él se trasfiere la carga de agresión que estaba originalmente ligada a la madre “mala” o au­sente, mientras que el deseo ligado de la madre “buena”, presente, nutricia y protectora lo conserva (normalmente) ella misma. Esta fatal distribución infantil de los impul­sos de muerte (thánatos: destruido) y de amor (eros: libido), es la base del ahora célebre complejo de Edipo, que Sigmund Freud señaló hace alrededor de cincuenta años como la gran causa de nuestro fracaso como adultos en cuanto a comportarnos como seres racionales. Como dice el Dr. Freud: “El rey Edipo, que ha matado a su padre y tomado a su madre en matrimonio, no es sino la realiza­ción de nuestros deseos infantiles. Pero, más dichosos que él, nos ha sido posible, en épocas posteriores a la infancia, y en tanto en cuanto no hemos contraído una psiconeurosis, desviar de nuestra madre nuestros impulsos sexuales y olvidar los celos que el padre nos inspiró.” Y añade: “Todas las perturbaciones morbosas de la vida sexual pue­den considerarse justificadamente como inhibiciones del desarrollo.”

...Y no te asuste
lo de las bodas de tu madre: de otros
lo mismo cuentan, sí, también... en sueños...
Quien de esas vaciedades más se ríe
mejor la entiende y pasa más tranquilo.

La lamentable perplejidad de la esposa de un hombre cuyos sentimientos en vez de madurar permanecieron encerrados en el amor de la primera infancia puede juzgarse por el aparente absurdo de otro sueño moderno; y es aquí donde comenzamos a sentir que entramos al reino del anti­guo mito, pero con un giro curioso.
“Soñé —escribió una mujer preocupada—, que un caba­llo blanco me seguía por donde iba. Yo le tenía miedo y trataba de apartarlo. Me volví para ver si todavía me se­guía y pareció haberse convertido en un hombre. Le dije que entrara a una peluquería para que le cortaran la melena y él lo hizo. Cuando salió se veía como un hombre, pero tenía cascos y cara de caballo y me seguía por donde yo iba. Se me acercó más y yo desperté.
Soy una mujer casada, de treinta y cinco años, con dos hijos. He estado casada durante catorce años y tengo la seguridad de que mi marido me es fiel.”
El inconsciente manda a la mente toda clase de brumas, seres extraños, terrores e imágenes engañosas, ya sea en sueños, a la luz del día o de la locura, porque el reino de los humanos oculta, bajo el suelo del pequeño compartimiento relativamente claro que llamamos conciencia, insospecha­das cuevas de Aladino. No hay en ellas solamente joyas, sino peligrosos genios: fuerzas psicológicas inconvenien­tes o reprimidas que no hemos pensado o que no nos hemos atrevido a integrar a nuestras vidas, y que pueden perma­necer imperceptibles. Pero por otra parte, una palabra ca­sual, el olor de un paisaje, el sabor de una taza de té o la mirada de un ojo pueden tocar un resorte mágico y enton­ces empiezan a aparecer en la conciencia mensajeros peli­grosos. Son peligrosos porque amenazan la estructura de seguridad que hemos construido para nosotros y nuestras familias. Pero también son diabólicamente fascinantes por­que llevan las llaves que abren el reino entero de la aven­tura deseada y temida del descubrimiento del yo. La des­trucción del mundo que nos hemos construido y en el que vivimos, y de nosotros con él; pero después una maravi­llosa reconstrucción de la vida humana, más limpia, más atrevida, más espaciosa y plena... ésa es la tentación, la promesa y el terror de esos perturbadores visitantes noc­turnos del reino mitológico que llevamos adentro.
El psicoanálisis, la ciencia moderna que lee los sueños, nos ha enseñado a atender a estas imágenes insustanciales. También ha encontrado la manera de permitirles realizar su obra, o sea, deja que las peligrosas crisis del desarrollo del yo pasen bajo el ojo protector de un iniciado en la cien­cia y en el lenguaje de los sueños, quien representa el papel y el personaje del mistagogo o guía de almas, el médico de los primitivos santuarios selváticos dedicados a la prue­ba y la iniciación. El médico es el maestro moderno del reino mitológico, el conocedor de todos los secretos ca­minos y de las palabras que invocan a las potencias. Su papel es precisamente el del sabio viejo de los mitos y de los cuentos de hadas, cuyas palabras servían de clave para el héroe a través de los enigmas y terrores de la aventura sobrenatural. Él es quien aparece y señala la brillante es­pada mágica que ha de matar al dragón, quien habla de la novia que espera y del castillo donde están los tesoros, el que aplica el bálsamo curativo a las más mortales heri­das y finalmente despide al conquistador, de regreso al mundo de la vida normal, después de la gran aventura en la noche encantada.
Cuando volvemos, con esta imagen en la mente, a con­siderar los numerosos rituales extraños que se informa tuvieron lugar en las tribus primitivas y en las grandes civilizaciones del pasado, resulta claro que su finalidad y su efecto real era conducir a los pueblos a través de los difíciles umbrales de las transformaciones que demandan un cambio de normas no sólo de la vida consciente sino de la inconsciente. Los llamados ritos de “iniciación”, que ocupan un lugar tan prominente en la vida de las sociedades primitivas (ceremoniales de nacimiento, nombre, pubertad, matrimonio, entierro, etc.), se distinguen por ser ejercicios de separación formales y usualmente severos, donde la mente corta en forma radical con las actitudes, ligas y normas de vida del estado que se ha dejado atrás. Después sigue un intervalo de retiro más o menos prolongado, durante el cual se llevan a cabo rituales con la finalidad de introducir al que pasa por la aventura de la vida a las formas y sentimientos propios de su nuevo estado, de manera que cuando, finalmente, se le considera maduro para volver al mundo normal, el iniciado ha de en­contrarse en un estado similar al de recién nacido.
Muy asombroso es el hecho de que un gran número de las imágenes y ceremonias rituales correspondan a las que aparecen automáticamente en el sueño desde el momento en que el paciente psicoanalizado comienza a abandonar sus ideas fijas de la niñez y a avanzar en el futuro. Entre los aborígenes de Australia, por ejemplo, uno de los rasgos principales de la prueba de iniciación es el rito de la cir­cuncisión por medio del cual el muchacho en la pubertad es separado de la madre y llevado a la sociedad y la ciencia secreta de los hombres. “Cuando un muchacho de la tribu murngin va a ser circuncidado, sus padres y los viejos le dicen: ‘El Gran Padre Serpiente huele tu prepucio y lo pide.’ Los muchachos creen que esto es literalmente cierto, y se aterrorizan en extremo. Usualmente se refugian en su madre, en la madre de su madre o en algún otro pariente femenino favorito, porque saben que los hombres están or­ganizados para llevarlo al terreno de los hombres, donde la gran serpiente brama. Las mujeres se lamentan en alta voz junto a los muchachos durante la ceremonia; esto es para que la gran serpiente no se los trague.” Ahora ob­servamos su contraparte desde el inconsciente. “En un sueño —escribe el Dr. C. G. Jung—, un paciente encontró la siguiente escena: Una serpiente saltó de una cueva hú­meda y mordió al paciente en la región genital. Este sueño tuvo lugar en el instante en que el paciente se convenció de la verdad del análisis y comenzó a liberarse de las ataduras de su complejo materno.”
Siempre ha sido función primaria de la mitología y del rito suplir los símbolos que hacen avanzar el espíritu hu­mano, afín de contrarrestar aquellas otras fantasías huma­nas constantes que tienden a atarlo al pasado. De hecho, el porcentaje tan alto de neuróticos entre nosotros se debe a que nos negamos a recibir esa efectiva ayuda espiritual. Permanecemos aferrados a las imágenes no conjuradas de nuestra infancia y por ello poco dispuestos a pasar las eta­pas necesarias de nuestra edad adulta. En los Estados Unidos hay inclusive un pathos de énfasis invertido: la finalidad es no envejecer sino permanecer joven; no ma­durar lejos de la Madre, sino aferrarse a ella. De manera que mientras los maridos adoran las reliquias de su in­fancia, siendo los abogados, los comerciantes o las mentes privilegiadas que sus padres quisieron que fueran, sus es­posas, aún después de catorce años de casados y con dos hermosos niños ya crecidos, andan en busca del amor, que puede venir a ellas sólo de los centauros, de los silenos, de los sátiros y otros íncubos concupiscentes de la calaña de Pan, ya sea como en el segundo de los sueños mencio­nados, o como en nuestros populares templos de la diosa del amor, rociados de vainilla, en las caracterizaciones de los últimos héroes de la pantalla. El psicoanalista tiene que llegar, finalmente, a reafirmar la probada sabiduría de los viejos, las enseñanzas predictivas de los médicos dan­zantes enmascarados y los médicos brujos circuncidadores; y encontramos, como en el sueño de la mordedura de ser­piente, que el simbolismo eterno de la iniciación se produce espontáneamente en el momento en que el paciente se libe­ra. Evidentemente, hay algo en estas imágenes iniciadoras tan necesario a la psique, que si no se las suple desde afue­ra, a través del mito y del ritual, tendrá que anunciarse de nuevo, por medio del sueño, desde adentro; de otro modo nuestras energías permanecerán encerradas en un cuarto de juguete banal y anacrónico, como en el fondo del mar.
Sigmund Freud subraya en sus escritos los diferentes pasos y dificultades de la primera mitad del ciclo de la vida humana, los de la infancia y de la adolescencia, cuan­do nuestro sol se eleva hacia su cénit. C. G. Jung, en cam­bio, enfatiza las crisis de la segunda parte, cuando, para poder avanzar, la esfera brillante debe someterse a su des­canso y desaparecer, al fin, en el vientre nocturno de la tumba. Los símbolos normales de nuestros deseos y temo­res se han convertido en sus opuestos en este crepúsculo de la biografía; porque el reto ya no viene de la vida sino de la muerte. Lo que es difícil de abandonar, entonces, no es el vientre sino el falo, a menos que el cansancio de la vida se haya apoderado del corazón y como anterior­mente se atendió al atractivo del amor, se atienda ahora a la llamada de la muerte que promete la paz. Es un círcu­lo completo, de la tumba del vientre al vientre de la tumba; una enigmática y ambigua incursión en un mundo de materia sólida que pronto se deshace entre nuestros dedos, como la sustancia de un sueño. Y al volverse a mirar a lo que había prometido ser nuestra aventura única, peli­grosa, imposible de predecir, sólo encontramos que el fi­nal es una serie de metamorfosis iguales por las que han pasado hombres y mujeres en todas las partes del mundo, en todos los siglos, de todos los siglos de que se guarda memoria y bajo todos los variados y extraños disfraces de la civilización.
Se cuenta, por ejemplo, la historia del gran Minos, rey de la isla de Creta en el período de su supremacía comer­cial, que contrató al celebrado arquitecto Dédalo para que inventara y construyera un laberinto con el objeto de es­conder en él algo de lo cual el palacio estaba al tiempo avergonzado y temeroso. Porque en la historia figura un monstruo, nacido a Pasifae, la reina. Se dice que el rey Minos estaba dedicado a atender batallas importantes para proteger las rutas comerciales; mientras tanto, Pasifae había sido seducida por un toro magnífico, blanco como la nieve y nacido del mar. Lo cual no era en realidad sino lo que la madre de Minos había permitido que le suce­diera a ella: la madre de Minos era Europa y es bien sabido que fue un toro quien la llevó a Creta. El toro ha­bía sido el dios Zeus y el privilegiado hijo de aquella unión era el mismo Minos, ahora respetado por todos y servido con veneración. ¿Cómo iba a saber Pasifae que el fruto de su propia indiscreción sería un monstruo, este hijo con cuerpo humano pero con cabeza y rabo de toro?
La sociedad culpó gravemente a la reina, pero el rey tenía conciencia de que parte de la culpa era suya. El toro en cuestión había sido enviado hacía tiempo por el dios Poseidón, cuando Minos contendía con sus hermanos por el trono. Minos había sostenido que el trono era suyo por derecho divino y había pedido al dios que mandara un toro del mar, como señal, y había sellado la plegaria con el juramento de sacrificar al animal inmediatamente, como ofrenda y símbolo de servidumbre. El toro apareció y Minos subió al trono; pero cuando pudo apreciar la majestad de la bestia que se le había enviado, pensó en las ventajas que le traería el ser dueño de tal ejemplar y decidió arriesgar una sustitución mercantil, que supuso que el dios no tomaría en cuenta. Por lo tanto, ofrendó en el altar de Poseidón el mejor toro blanco que poseía y agregó el otro a su ganado.
El imperio cretense había prosperado grandemente bajo el sensato gobierno de este celebrado legislador y modelo de virtudes públicas. Cnosos, la capital, se convirtió en el centro espléndido y elegante de la más importante fuerza comercial del mundo civilizado. Las flotas cretenses iban a todas las islas y los puertos del Mediterráneo; las mercancías de Creta eran alabadas en Babilonia y en Egipto. Los pequeños y atrevidos barcos también atravesaban las columnas de Hércules hacia el mar abierto e iban costean­do hacia el norte para traer el oro de Irlanda y el estaño de Cornwall, y también hacia el sur, rodeando el saliente del Senegal, hacia la remota Yoruba y los distantes mercados de marfil, oro y esclavos.
Pero en palacio, la reina había sido inspirada por Poseidón con una irrefrenable pasión por el toro y había logrado que el artista de su esposo, el incomparable Dédalo, le cons­truyera una vaca de madera que engañara al toro, en el cual se ocultó de buena gana y el toro fue engañado, La reina dio a luz un monstruo, el cual, al paso del tiempo, empezó a convertirse en un peligro. Y Dédalo fue llamado de nuevo, esta vez por el rey, para que construyera la tre­menda cárcel del laberinto, con pasajes ciegos, con el objeto de esconder aquella cosa. Tan perfecta fue la invención que Dédalo mismo, cuando la hubo terminado, difícilmente pudo regresar a la entrada. Allí se encerró al Minotauro y desde entonces fue alimentado con mancebos y doncellas vivos, arrebatados como tributo a las naciones conquistadas por el dominio cretense.
De acuerdo con la antigua leyenda, la falta original no fue de la reina sino del rey, y él no pudo culparla, porque recordaba lo que había hecho. Había convertido un asunto público en un negocio personal, sin tener en cuenta que el sentido de su investidura como rey implicaba que ya no era meramente una persona privada. La devolución del toro debería haber simbolizado su absoluta sumisión a las fun­ciones de su dignidad. El haberlo retenido significaba, en cambio, un impulso de engrandecimiento egocéntrico. Así el rey elegido “por la gracia de Dios”, se convirtió en un peligroso tirano acaparador. Así como los ritos tradicionales de iniciación enseñaban al individuo a morir para el pasado y renacer para el futuro, los grandes ceremonia­les de la investidura lo desposeían de su carácter privado y lo investían con el manto de su vocación. Ese era el ideal, ya se tratara de un artesano o de un rey.
            Por el sacrilegio de haber rehusado el rito, el individuo se separaba como unidad de la unidad mayor de la comu­nidad entera; el Uno se disgregaba en los muchos y éstos se combatían los unos a los otros, luchando cada uno por sí mismo, y podían ser gobernados sólo por la fuerza.
La figura del Monstruo-Tirano es conocida en las mito­logías, en las tradiciones populares, en las leyendas y hasta en las pesadillas, en todo el mundo, y sus características son esencialmente las mismas. Él es el avaro que atesora los beneficios generales. Es el monstruo ávido de los vo­races derechos del “yo y lo mío”. Los estragos por él pro­vocados están descritos en la mitología y en el cuento de hadas y son de universales consecuencias dentro de sus dominios. Éstos pueden reducirse a su habitación, a su psi­que torturada, a las vidas que contamina con el toque de su amistad y de su ayuda o puede alcanzar a toda su civi­lización. El ego desproporcionado del tirano es una maldi­ción para sí mismo y para su mundo aunque sus asuntos aparenten prosperidad. Aterrorizado por sí mismo, perse­guido por el temor, desconfiado de las manos que se le tienden y luchando contra las agresiones anticipadas de su medio, que son en principio los reflejos de los impulsos incontrolables de adquisición que se albergan en él, el gi­gante de independencia adquirida por sí mismo es el men­sajero mundial del desastre, aún en el caso de que en su mente alienten intenciones humanas. Donde pone la mano surge un grito, sino desde los techos de las casas, sí, más amargamente, dentro de cada corazón; un grito por el hé­roe redentor, el que lleva la brillante espada, cuyo golpe, cuyo toque, cuya existencia libertará la tierra.

No se puede estar de pie, ni tenderse, ni sentarse
Ni siquiera hay silencio en las montañas
Sino secos truenos estériles sin lluvia
Ni siquiera hay soledad en las montañas
Sino hoscos rostros enrojecidos que desprecian y regañan
En las puertas de casas de barro agrietado.

El héroe es el hombre de la sumisión alcanzada por sí mismo. Pero sumisión ¿a qué? Ése es precisamente el enig­ma que tenemos que proponernos y que constituye en todas partes la virtud primaria y la hazaña histórica que el héroe realizó. El Profesor Arnold J. Toynbee indica en su estudio en seis volúmenes sobre las leyes del surgimiento y la desintegración de las civilizaciones, que los cismas en el alma y los cismas en el cuerpo social no han de resolverse con programas de retorno a los días pasados (arcaísmo), o por medio de programas que garanticen un futuro idealmente proyectado (futurismo) ni tampoco por el trabajo tenaz y realista de encadenar todos los elementos destructivos. Sólo el nacimiento puede conquistar la muerte, el nacimiento, no de algo viejo, sino de algo nuevo. Dentro del alma, den­tro del cuerpo social, si nuestro destino es experimentar una larga supervivencia, debe haber una continua recurrencia del “nacimiento” (palingenesia) para nulificar las inevitables recurrencias de la muerte. Porque por medio de nuestras victorias, si no sufrimos una regeneración, el tra­bajo de Némesis se lleva a cabo: la perdición nace del mis­mo huevo que nuestra virtud. Así resulta que la paz es una trampa, la guerra es una trampa, el cambio es una tram­pa, la permanencia es una trampa. Cuando llegue nuestro día por la victoria de la muerte, la muerte cerrará el círcu­lo; nada podemos hacer, con excepción de ser crucificados y resucitar; ser totalmente desmembrados y luego vueltos a nacer.
Teseo, el héroe que mató al Minotauro, vino a Creta de fuera como símbolo y brazo de la creciente civilización de los griegos. Era lo nuevo y lo vivo. Pero también es posible buscar el principio de regeneración y encontrarlo dentro de los muros mismos del imperio del tirano. El profesor Toynbee usa los términos de “separación” y “transfiguración” para describir la crisis por medio de la cual se alcanza la más alta dimensión espiritual, que hace posible reanudar el trabajo de creación. El primer paso, separación o retirada, consiste en una radical trasferencia de énfasis del mundo externo al interno, del macro al microcosmos, un retirarse de las desesperaciones de la tierra perdida a la paz del reino eterno que existe en nuestro interior. Pero este reino, como lo conocemos por el psicoanálisis, es precisamente el in­consciente infantil. Es el reino que penetramos en los sue­ños. Lo llevamos dentro de nosotros eternamente. Todos los ogros y los ayudantes secretos de nuestra primera in­fancia están allí, toda la magia de la niñez. Y lo que es más importante, todas las potencialidades vitales que nunca pudimos traer a la realización de adultos; esas otras porciones de nuestro ser están allí; porque esas semillas de oro no mueren. Si sólo una porción de esa totalidad perdida pudiera ser sacada a la luz del día, experimenta­ríamos una maravillosa expansión de nuestras fuerzas, una vívida renovación de la vida, alcanzaríamos la estatura de la torre.
Es más, si pudiéramos sacar algo olvidado no sólo por nosotros mismos sino por toda nuestra generación o por toda nuestra civilización, traeríamos muchos dones, nos convertiríamos en los héroes del día de la cultura, en per­sonajes de importancia no sólo local sino histórico-mundial. En una palabra, la primera misión del héroe es reti­rarse de la escena del mundo de los efectos secundarios, a aquellas zonas causales de la psique que es donde residen las verdaderas dificultades, y allí aclarar dichas dificulta­des, borrarlas según cada caso particular (o sea, presentar combate a los demonios infantiles de cada cultura, local) y llegar hacia la experiencia y la asimilación no distorsionada de las que C. G. Jung ha llamado “imágenes arquetípicas”. Éste es el proceso conocido en la filosofía hindú y budista como viveka, “discriminación”.
Los arquetipos que han de ser descubiertos y asimila­dos son precisamente aquellos que han inspirado, a través de los anales de la cultura humana, las imágenes bási­cas del ritual, de la mitología y de la visión. Estos “seres eternos del sueño” no deben ser confundidos con las figuras simbólicas personalmente modificadas que apare­cen en las pesadillas y en la locura del individuo todavía atormentado... El sueño es el mito personalizado, el mito es el sueño despersonalizado; tanto el mito como el sueño son simbólicos del mismo modo general que la dinámica de la psique. Pero en el sueño las formas son distorsio­nadas por las dificultades peculiares al que sueña, mientras que en el mito los problemas y las soluciones mostrados son directamente válidos para toda la humanidad.
El héroe, por lo tanto, es el hombre o la mujer que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales y ha alcanzado las formas humanas generales, válidas y normales. De esta manera las visiones, las ideas y las inspiraciones surgen prístinas de las fuentes primarias de la vida y del pensamiento hu­mano. De aquí su elocuencia, no de la sociedad y de la psi­que presentes y en estado de desintegración, sino de la fuente inagotable a través de la cual la sociedad ha de re­nacer. El héroe ha muerto en cuanto a hombre moderno; pero como hombre eterno —perfecto, no específico, universal— ha vuelto a nacer. Su segunda tarea y hazaña for­mal ha de ser (como Toynbee declara y como todas las mitologías de la humanidad indican) volver a nosotros, transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida.
“Caminaba sola por los confines de una gran ciudad, por calles destruidas y enlodadas, con oscuras casitas a los lados —escribe una mujer moderna, al describir un sueño que ha tenido—. No sabía dónde estaba, pero me gustaba explorar; escogí una calle que estaba terriblemente lodosa y conducía a lo que debe de haber sido una alcantarilla abierta. Seguí adelante entre las hileras de casuchas y en­tonces descubrí un pequeño río que corría entre donde yo estaba y un lugar alto y firme donde había una calle pavi­mentada. Éste era un río hermoso y perfectamente claro, que corría sobre el césped. Podía ver la hierba moverse bajo el agua. No había manera de cruzarlo, por eso fui a una casita y pedí un bote. Un hombre me dijo que me ayudaría a cruzar. Sacó una cajita de madera que puso en la orilla del río y yo vi en seguida que por medio de esta caja po­día brincar fácilmente al otro lado. Supe que el peligro había pasado y quise recompensar generosamente al hom­bre que me auxilió.
Cuando pienso en este sueño, tengo la sensación de que no era necesario escoger el camino que yo tomé, sino que pude haber hecho una cómoda caminata por calles pavimentadas. Había querido ir por aquella parte destruida y lodosa porque prefería la aventura, y habiendo comen­zado tenía que seguir adelante... Cuando pienso con cuán­ta persistencia tenía que seguir adelante en el sueño me parece que debo de haber sabido que había algo bueno al final, como aquel río lleno de hierba y la calle alta segura y pavimentada que estaba detrás. Pensándolo en esos tér­minos es como la determinación de nacer —o mejor dicho, de nacer de nuevo— en una especie de sentido espiritual. Tal vez algunos de nosotros tienen que atravesar caminos oscuros y desviados antes de poder encontrar el río de la paz o el camino alto al destino del alma.”
La persona que tuvo ese sueño es una distinguida ar­tista de ópera, y como todos los que han elegido, no los caminos seguros y ya experimentados del día, sino la aven­tura de la llamada especial y apenas audible que viene a aquellos cuyos oídos están abiertos tanto hacia adentro como hacia afuera, tuvo que hacer su camino sola, atrave­sar dificultades poco comunes, “por calles destruidas y lodosas”, conoció la negra noche del alma, “la selva oscu­ra en medio de la jornada de nuestra vida”, de Dante, y las amarguras del fondo del infierno:

Por mí se va a la ciudad del llanto;
Por mí se va al eterno dolor;
Por mí se va hacia la raza condenada.

Lo más notorio de este sueño es que reproduce al deta­lle el dibujo básico de la fórmula mitológica universal en el camino del héroe. Esos motivos de hondo significado de los peligros, de los obstáculos y de la buena fortuna en el camino, los encontraremos implícitos en las siguientes páginas en cien formas diferentes. Primero, el paso sobre la alcantarilla abierta, luego el del río perfectamente claro corriente sobre el césped, la aparición de una persona bien dispuesta que le ayuda en el momento crítico, y final­mente el suelo alto y firme detrás de la última corriente, (el Paraíso Terrenal, la ribera del Jordán): éstos son los temas eternamente repetidos de la maravillosa canción de la elevada aventura del alma. Y todo aquel que se ha atre­vido a escuchar y a seguir la llamada secreta ha conocido las asechanzas del tránsito peligroso y solitario:

El agudo filo de una navaja, difícil de atravesar,
Un difícil camino es éste... ¡lo dicen los poetas!

La autora del sueño es ayudada a pasar el agua por el don de una pequeña caja de madera, que toma el lugar den­tro del sueño del esquife o del puente, formas más usuales. Éste es el símbolo de sus propios talentos y virtudes espe­ciales, los cuales la han llevado a través de las aguas del mundo. Esta persona no nos ha dado ninguna lista de sus asociaciones, de manera que no sabemos qué contenido es­pecial hubiera podido revelar la caja; pero ciertamente corresponde a una variedad de la caja de Pandora —ese divino don de los dioses a la mujer hermosa, lleno con las semillas de todos los problemas y de las bendiciones de la existencia, pero también provista de la virtud susten­tante, la esperanza. Con su ayuda, la autora del sueño cru­za a la otra orilla. Y por un milagro parecido, así sucederá con aquellos cuyo trabajo es el difícil y peligroso oficio del descubrimiento de sí mismo y de su desenvolvimiento, pues han de atravesar el océano de la vida.
Una multitud de hombres y mujeres escogen el camino menos aventurado de las rutinas cívicas y tribales relati­vamente inconscientes. Pero estos viajeros también se sal­van en virtud de las ayudas heredadas y simbólicas de la sociedad, los ritos de iniciación, los sacramentos portado­res de la gracia, entregados a la antigua humanidad por sus redentores y que han funcionado por milenios. Sólo aquellos que no conocen la llamada interior ni la doctrina externa se hallan en trance verdaderamente desesperado; es decir, casi todos nosotros en el momento actual, en que nos perdemos en este laberinto de adentro y de afuera del corazón. ¿Dónde está la guía, esa graciosa virgen, Ariadna, para entregarnos la sencilla clave que nos dará valor para encarar al Minotauro y los medios para volver a la libertad cuando el monstruo haya sido encontrado y muerto?
Ariadna, la hija del rey Minos, se enamoró del hermoso Teseo cuando lo vio desembarcar del bote que había traído al lastimoso grupo de mancebos y doncellas atenienses para el Minotauro. Encontró la manera de hablar con él y le dijo que le daría los medios de salir del laberinto si le prometía llevársela de Creta y hacerla su esposa. Él lo prometió así. Ariadna pidió ayuda al hábil Dédalo, por cuyo arte el laberinto había sido construido y había sido posible a la madre de Ariadna dar a luz su habitante.
Dédalo le dio sencillamente un ovillo de hilo de lino, el cual debería ser amarrado a la entrada por el héroe ex­tranjero y desenrollado conforme avanzara. Es poco, en realidad, lo que necesitamos. Pero sin ello, la aventura den­tro del laberinto es desesperada.
Esta ayuda está al alcance de la mano. Y es muy cu­rioso que el mismo científico que al servicio del rey culpa­ble había sido el cerebro que concibió el horror del laberin­to, con la misma facilidad pudo servir para alcanzar la meta de la libertad. Durante siglos Dédalo ha representado el prototipo del artista científico: ese fenómeno humano curiosamente desinteresado, casi diabólico, por encima de los lazos normales del juicio social, dedicado a la moral no de su tiempo sino de su arte. Él es el héroe de los cami­nos del pensamiento, de corazón entero, valeroso, lleno de fe en que la verdad, cuando él la encuentre, ha de darnos la libertad.
Ahora debemos volvernos a él, como hizo Ariadna. La fibra de su hilo de lino la ha tomado de los campos de la imaginación humana. Siglos de agricultura, décadas de selección diligente, trabajo de numerosas manos y de numerosos corazones, han entrado en la labor de cortar, se­leccionar e hilar este cordel apretadamente torcido. Y lo que es más, ni siquiera tenemos que arriesgarnos solos a la aventura, porque los héroes de todos los tiempos se nos han adelantado, el laberinto se conoce meticulosamente; sólo tenemos que seguir el hilo del camino del héroe. Y donde habíamos pensado encontrar algo abominable, en­contraremos un dios; y donde habíamos pensado matar a otro, nos mataremos nosotros mismos; y donde habíamos pensado que salíamos, llegaremos al centro de nuestra pro­pia existencia; y donde habíamos pensado que estaríamos solos, estaremos con el mundo.

martes, 31 de enero de 2012

Los 5 del Ritmo se muda a Blog propio

Abrí un blog exclusivo para los sets de música dance que subo (más o menos) semanalmente.
El tema es que cada post era largo, y estaba enquilombando este blog, y cualquier posteo que hicera quedaba muy abajo y ni se notaba entre tanta portada llamativa ^^.
Así que ahora este blog va a quedar un poco más aburrido pero también más ordenado.
En la barra de la derecha se ve el link al nuevo blog, en AMARILLO.
Ya pueden visitarlo, se inaugura con un set gigante de casi una hora y media de música bailable pero tranquila. Muy buen set, por cierto.
Vayan, escuchen y bajen mietras la ley PIPA, O POPA o SOPA no salga.

lunes, 9 de enero de 2012

Mi Artículo de LOST en Revista Próxima

El artículo que escribí sobre la estructura dramática de LOST (LOST, o la estructura de la decepción) fue publicado este mes en la revista de y sobre ciencia ficción PRÓXIMA # 12, que dirije Laura Ponce.
Pueden encontrar el blog de la revista en mis links, en la columna de la derecha —►

Link al artículo:
http://marcelociccone.blogspot.com/2011/11/lost-o-la-estructura-de-la-decepcion.html

miércoles, 9 de noviembre de 2011

LOST, o la estructura de la decepción.


Por qué el final de LOST estaba signado a defraudar, aun antes de comenzar la serie.

La popularidad de la serie LOST genera cada tanto —aun hoy— charlas y debates: que si era buena, que si era mala, que si el final era el que debía ser, o que si fue un simple fiasco.
Yo estoy en el grupo de los que piensan que el final defraudó. Aunque haya visto sólo los primeros cuatro episodios y algunas escenas sueltas de alguna temporada más adelantada. Y no lo sé por una revelación divina, sino por cómo la serie está delineada conceptualmente y cómo está estructurada en lo dramático. No estoy diciendo que la serie es mala, ya que no la vi. Simplemente estoy diciendo que la serie LOST estaba parida para no lograr una plena satisfacción. Ya desde su matriz. Y los productores y escritores siempre lo supieron.
No se trata aquí ni es relevante si la serie es buena o mala, linda o fea, si nos gustó o no. Se trata de analizar por qué era inevitable que el final no satisfaga a la mayoría del público.
Veamos a qué me refiero.


LOST es una serie de entretenimiento pensada para obtener una audiencia masiva (lo que se dice un producto popular, comercial o masivo).
La estructura de una ficción popular (película, novela, comic, serie, etc.) necesita ser clásica. La historia debe estar construida con el siguiente esquema dramático:

presentación – desarrollo – desenlace

Hay que tener en cuenta que esta estructura puede mostrarse así de lineal, tal cual se expresó arriba, o estar disfrazada con saltos de tiempo o de montaje, como en la película El Efecto Mariposa. Que la historia aparezca desordenada, o incluso fragmentada, no importa, ya que el hilo dramático de la historia (no la secuencialidad en la obra) sigue siendo clásica.

Dividamos a las series en dos grupos: las series, cuyos episodios son auto conclusivos (plantean y resuelven uno o varios conflictos en un episodio), y los seriales, cuyos episodios se encadenan uno tras otro desarrollando los conflictos a lo largo de los sucesivos episodios. LOST es, entonces, un serial.
En un serial, esta estructura “presentación-desarrollo-desenlace” se monta a lo largo de la totalidad de los episodios. La presentación generalmente es el primer episodio o los primeros; el desarrollo, el resto; y el desenlace, los últimos capítulos de la temporada final.
LOST cumple con este esquema. Quizá distraiga la forma fraccionada y no lineal en la que se presenta, pero tiene esta estructura.
Ahora bien, para saber cómo y por qué LOST inevitablemente nos va a defraudar en su final, tenemos que conocer:


LA ESTRUCTURA DE LA ESTRUCTURA

Cada eslabón del esquema presentación-desarrollo-desenlace está dividido en actos, y cada acto en escenas.
Un acto puede contener una o varias escenas.
En las series viejas, la presentación tenía un acto, el desarrollo tenía dos, tres o cuatro y el desenlace tenía uno o dos: el desenlace en sí mismo y la conclusión (resuelto el problema, mostraban cómo todo regresaba a la normalidad, y en ocasiones al status quo inicial). En las series auto conclusivas actuales (Dr.House, CSI, etc.) el esquema es muy parecido a lo señalado —sino igual—, pero en los seriales como LOST es totalmente diferente (ya desarrollaremos esto en detalle, más adelante).
Hay que saber también que en una ficción popular, todo sube siempre (salvo los estratégicos descansos, que sirven para impulsar la siguiente escena más arriba que la anterior): la tensión, la acción, la carga dramática, los clímax, etc. Es decir que a medida que la ficción avanza, las escenas serán cada vez más tensas, las acciones cada vez mayores, más espectaculares, los problemas serán cada vez más graves, y así. A estas subidas llamémoslas… bueno, “subidas”.

COMO SE UTILIZAN LAS SUBIDAS

En la presentación
No importa si comienza tranquila o en medio de una toma de rehenes, los eventos dramáticos se presentarán de modo tal que el más importante y el que condicionará el conflicto será el último de la presentación. La idea es lograr una subida dramática.

En el desarrollo:
El desarrollo está compuesto por varias subidas dramáticas. La trama principal y las secundarias se van entrelazando, pero cada tramo (cada escena) repite el esquema de subida y van encadenadas una tras otra, siendo que la siguiente siempre termina más arriba que la anterior, es decir, con un evento dramático más importante (recordemos que un evento dramático no es sinónimo de drama; podemos estar hablando de un nacimiento, un robo, perder un avión, un reencuentro o cualquier cosa que signifique un avance o giro importante en la historia).

En el final:
Acá también se utilizan las subidas (en realidad, como fue dicho, siempre todo va en subida). La cumbre del final es donde se resuelve el conflicto principal. A veces hay dos, porque uno resuelve la anécdota física. O puede suceder también que sea un solo momento largo subdividido en varias partes pequeñas. El final, a diferencia de la presentación y del desarrollo, puede terminar con un evento dramático de intensidad inferior al anterior. A esto se lo suele llamar conclusión, y va detrás de la resolución de toda la obra; es como un cierre relajado donde vemos que todo regresó a un estado de normalidad.
Veamos un ejemplo de cómo aun en el final, los eventos dramáticos siempre van en subida, y siempre lo que sigue es dramáticamente más importante que lo previo, aún a riesgo de forzar la verosimilitud o cualquier otra cosa:
En la película Virgen a los 40 —donde el conflicto principal es la imposibilidad de un hombre de 40 años (Andy) de decirle a su novia que es virgen, lo que le trae mil problemas, desde negarle sexo a ella hasta incluso la ruptura de su noviazgo— el final presenta tres eventos, ordenados en la trama de la siguiente manera: uno muy arriba, cuando Andy confiesa a su novia que es virgen; otro cuando se casan; e inmediatamente después el último y más importante en la problemática planteada por el film: el debut sexual de Andy.
Nótese que esto último fue forzado para que el evento principal quede al final: una vez que Andy confesó a su novia la verdad (que era virgen) ya no tenía sentido esperar hasta después de la boda para tener sexo, ya que sólo organizarla puede llevar meses. La secuencia se fuerza para que el espectador obtenga en el final (lo más al final posible) el evento dramático más importante posible.
Resumiendo: los eventos dramáticos se van encadenando, y cada uno termina siempre más arriba que el anterior. Este esquema podría verse así:


Las películas de Hollywood, los novelas tipo best seller y las series auto conclusivas tienen el esquema recién descripto.



ESQUEMA DRAMÁTICO DE LOST

A LOST no le interesa este esquema. De hecho, le sienta mal; porque LOST está planeado de otra forma, con otro propósito.
El esquema anterior está pensado para satisfacer las expectativas creadas (plantadas) en la misma obra. Podríamos decir que es una gran “puesta en escena” donde el autor acomoda las piezas para lograr una resolución que satisfaga al espectador-consumidor.
LOST, en cambio, no está pensado para satisfacer. Está pensado para estimular, para entretener (en el más llano y literal sentido de la palabra). No es una gran coreografía donde se acomodan piezas para presentarnos un gran final, es una sucesión infinita de piezas (estímulos, en este caso) que se encadenan y pueden suspenderse en cualquier momento (en la temporada 2 o en la 50, da igual) sin alterar nada, sin que implique diferencia alguna.
La idea es mantener el interés arriba, sólo eso, porque ese interés es sinónimo de rating, de “minuto a minuto”, de recomendación boca a boca, de hype, etc.
Por eso en LOST se eliminan o desdibujan los actos y las escenas pasan a tener cuerpo y peso propio, transformándose en escenas-unidades. Por supuesto, cada escena-unidad conlleva un crescendo dramático. 
Las escenas-unidades de LOST están pensadas como pequeños módulos más o menos independientes entre sí, que cumplen con las siguientes pautas:
Cada escena-unidad tiene:

1- Inicio o final (de la escena, ahora no estamos hablando de la estructura general sino solo de la estructura de la escenita) con una incógnita o pregunta latente.
2- Dos o más personajes enfrentados en un conflicto, o sino suspenso.
3- Crescendo del conflicto o del suspenso.
4- Final de escena con una incógnita, revelación o momento dramático fuerte.
5- Independencia con respecto al resto de las escenas. Esta independencia, obviamente, es relativa, puesto que se está contando una historia más grande, y las escenas tienen un mínimo de interrelación entre ellas. Al decir que tienen independencia me refiero a que los lazos con las otras escenas son tan débiles, que en líneas generales una escena bien podría correrse de lugar (llevarla hacia adelante o ponerla mucho antes que otra) y la historia general no se alteraría. En una película, una serie auto conclusiva, o hasta en una sitcom como Friends, uno no puede alterar al orden de las escenas sin que se altere la historia, a riesgo de que no se comprenda la obra. Al no haber en LOST un in crescendo dramático en la obra total, no hay por lo tanto una línea de tiempo demasiado rígida para los eventos dramáticos.

Al igual que en el esquema clásico, las escenas-unidades de LOST están construidas internamente de menor a mayor, logrando su pequeño clímax. A diferencia del esquema anterior, la escena siguiente no necesita ser más intensa que la escena previa.
Podríamos dibujar este esquema así:


Ahora bien: ¿cuál es el problema de todo esto (si lo hubiera)?
Para crear un alto número de escenas-unidades por capítulo, multiplicado por seis temporadas, y con esta estructura narrativa, la opción más práctica (ya se verá por qué) es armar unidades-escenas excitantes, tensas, llenas de misterio, etc. a cualquier costo. No importará si en función de lograr esto la serie general se hace más rara, más inverosímil, si en el camino se abren más ramificaciones, si quedan cabos sueltos, si más adelante no lograremos explicar satisfactoriamente el misterio que estamos planteando ahora, etcétera. Lo único que importa es que la escena sea todo lo dicho antes (los cinco puntos) y termine arriba, bien arriba. Aunque luego esa gran incógnita no podamos vincularla con una lógica consistente dentro de la trama general. Aunque esa tensión insostenible entre dos personajes luego tenga contradicciones que no cierran (como espectadores, siempre pensamos que más adelante todo va a cobrar sentido, que tendrá una explicación). Lo único que LOST necesita es que la escena que se está viendo (por lo tanto, cada una de ellas) cumpla con los cinco puntos. Todo lo demás es sacrificable.
Veamos unas escenas como ejemplo:
En los primeros dos capítulos de LOST, los náufragos, que todavía  acampan en la playa, escuchan sonidos muy fuertes y raros provenientes desde la tupida vegetación de la isla (que está ahí, a pocos metros, junto a ellos). No sólo escuchan los ruidos, que son como quejidos o rugidos de una bestia enorme, también ven moverse al follaje, las copas de los arboles, etc. Da la sensación que entre la vegetación se oculta un peligroso King Kong; o un elefante, cuanto menos. Hay mucha tensión en la escena, y un suspenso muy logrado, y cumple con aquello de que nos dispara varias incógnitas.
En el capítulo siguiente nos enteramos que todo ese barullo lo hacían dos jabalíes (¿?). Gran decepción, ¿eh? Pero como la escena que nos revela esto tiene que terminar (como vimos arriba) en el punto 4 (final de escena con una incógnita, revelación o momento dramático fuerte), los autores hacen lo siguiente: que uno de los náufragos informe que esos jabalíes que acaban de atrapar representan un misterio, ya que son rosados, y los jabalíes rosados no son de esa región, sino de otra latitud y continente (no recuerdo cuál). El náufrago informador deja bien claro que es imposible que esos animales existan en esa isla, tan rosaditos como los hizo la naturaleza. La escena-unidad termina con los protagonistas de este momento dramático mirándose entre sí, con expresiones de enorme sorpresa, sin entender dónde están ni cómo es posible eso que acaban de saber. Por supuesto la música de tensión sube en volumen. Realmente es un final de escena muy logrado, hecho con muchísimo oficio: da toda la sensación de que ese dato y ese misterio son realmente importantes, trascendentes, que en algún momento esto de los jabalíes rosas va a resultar algo significativo.
Bueno, no.
En el resto del serial, este momento que nos vendieron tan “arriba” no reviste ninguna importancia.
En la serie Héroes, contemporánea a LOST y de similar estructura, un japonés viaja al futuro y regresa al presente, encuentra a su amigo y le advierte que algo tremendo, trascendental, de consecuencias terribles, les sucederá a ellos dos en pocos días, en Las Vegas. Y que tienen que ir allá para arreglarlo, porque sino las consecuencias podrían ser terribles (otra vez, sí). Y entonces van. La escena termina ahí, con mucha incógnita, mucha adrenalina, bien arriba.
Al capítulo siguiente (una semana después) nos enteramos que eso tan capital era que perdieron unos dólares apostando en un tugurio y que cuatro guardaespaldas los muelen a palos. Así de poco importante.
Dos preguntas:
¿Los espectadores no nos damos cuenta de toda esa manipulación?
No. Los espectadores no estamos preparados ni tenemos por qué hacer ningún tipo de análisis, sólo miramos una serie. Nos gusta y la seguimos viendo, o no nos gusta y cambiamos de canal. Y por otro lado, la escena misma en la que podemos sentirnos decepcionados es, a su vez, muy atractiva, porque le insertan otro elemento nuevo de suspenso, una nueva y gran incógnita, o hacen una revelación muy excitante. Y entonces seguimos el capítulo, presuponiendo que lo que vimos antes debe tener significancias importantes (porque si no, ¿para qué lo pusieron ahí?).
¿Pero por qué hacen esto? ¿Por sadismo, quizá?
Por dinero.
Es que estas escenas-unidades, tan independientes y siempre interesantes, captan con mayor facilidad al espectador que está haciendo zapping. LOST es inicial y principalmente un producto televisivo (aunque luego la sigamos viendo en DVD o internet). Es relativamente sencillo pasar por LOST y quedarse allí, porque la escena que estén pasando siempre es tensa, incitadora, etc., y como es independiente, no necesita de las escenas previas para comprenderla, ni estará demasiado vinculada con las escenas posteriores. Un ejemplo: cierto día me aburría yo salteando canales en la tele y, al pasar por AXN, veo a Hugo (el gordo de barbita) entrando a una gran casa, creo que su propia casa. La puerta ya estaba abierta antes de que él llegue. Hugo —muy miedoso y muy intrigado— se mete igual, preguntando “¿Hay alguien ahí…? ¿Hola…?” Mucha tensión. Es casi seguro que alguien lo va a matar o al menos le pegará un palazo. Sigue avanzando. La música de algo-va-a-pasar sube. Yo me digo: “El gordo es boleta. O descubre un cadáver, o lo abducen los marcianos. Pero algo va a pasar, seguro”. Ya bien entrado Hugo en la casa y con los huevos en la garganta (perdón si me pongo un poco técnico, pero la semiología es mi pasión), abre una puerta y… “¡Sorpresa!” Era una fiesta para él. ¡Qué tontería! En la fiesta participan un montón de los náufragos, hablan trivialidades, etcétera, pero al final de la escena, otra vez, los diálogos revelan algo… ¡¡tremendo!!
La cuestión es que yo, que venía haciendo zapping, que no miraba la serie, que no me había interesado nunca en LOST, que ni siquiera tenía idea de qué iba la trama general, me quedé y me vi todo el bloque. Eso es dinero.
Hay una segunda cuestión, que también es dinero. A diferencia de un film o un best seller, donde se paga por un producto terminado, en la serie sólo se paga (quizá no con dinero, pero sí con el tiempo y la publicidad que uno consume) por uno de los capítulos. Y recién la semana que viene se pagará por otro. En definitiva, se paga por una cuota, y no por la obra completa.
Como productos completos, entonces, las películas, series auto-conclusivas, novelas (best sellers), etcétera, vienen necesariamente con el final incluido. Y el final implica satisfacer. El final debe ser satisfactorio para que la gente no la hunda con los comentarios boca a boca. La ganancia está en la multiplicación de los consumidores, y la manera más efectiva de multiplicar son los buenos comentarios, y eso sólo se logra satisfaciendo al que pagó la entrada o compró la obra. Si no queda satisfecho, no hay multiplicación (Está estudiado que una persona insatisfecha con un producto se lo comenta a cuatro personas, mientras que si está satisfecha, se la comenta sólo a una).
En LOST (y la mencionada Héroes), la ganancia no está en vender el producto final (puesto que no está terminado) sino en vender la próxima cuota (capítulo). LOST nos garantiza muchísimos momentos altos, interesantes, tensos —y encima bien hechos— por capítulo, lo que no es nada despreciable.
¿Qué importan entonces la coherencia, la continuidad, los escandalosos cabos sueltos que se dejan a cada momento y hasta un final medio ordinario o, en el mejor de los casos, previsible? Nada. No importan, sencillamente porque el espectador descubre su insatisfacción al final de la temporada final. Y el negocio ya lo hicieron vendiendo cada una de las cuotas (capítulos) anteriores.
¿Podrían haber evitado todo lo negativo de este esquema narrativo?
Sí y no. Porque implicaría tener casi toda la serie escrita de antemano (y corregida), lo que es imposible, por la simple razón de que nadie sabe antes de filmar el piloto cuántas temporadas durará lo que están haciendo.

CONCLUSIÓN:
Son tantos los momentos altos, las intrigas, la intensidad de las escenas, los misterios, los conflictos, las preguntas que se abren, las subtramas que se ramifican en LOST; son tantos los personajes, tantas sus contradicciones y sus secretos, su crecimientos a lo largo de toda la saga; y es tan alta la calidad de la factura en general, técnica y literaria (porque tiene una buena ingeniería de los diálogos y de las escenas), que las expectativas no pueden menos que crecer, crecer y crecer. Los seguidores, por supuesto, creen que al final todo se explicará satisfactoriamente, puesto que eso es lo que las ficciones masivas nos han enseñado y siempre hacen.
Pero LOST nos ha planteado tantos interrogantes (cientos) que resulta prácticamente imposible responderlos a todos en forma lógica, o al menos sin que estas respuestas no se contradigan entre sí. Son seis años plantándonos cuestiones de todo tipo con el solo propósito de mantenernos frente al televisor, sin importar —como dijimos al principio— nada más.
No hay respuesta satisfactoria para tanta y tan compleja y variada carga de expectativa. Sencillamente no la puede haber.
Y esto es conceptual, es parte de la matriz de la serie. Y los productores siempre lo supieron.


ANTECEDENTES
Esta estructura no es nada nueva. De hecho, tiene cientos de años. Podemos encontrarla en las novelas románticas de las tres de la tarde que veían nuestras madres o abuelas. También en la película Batman, de Tim Burton, de 1989, y, en algún punto casi marginal, en la serie Twin Peaks (aunque para ver las similitudes entre LOST y esta serie habría que hacer otro artículo). La madre de este esquema es el utilizado en las novelas por entregas del siglo IXX, que surgieron con la explosión de la alfabetización de las clases bajas europeas y la baja de costos para imprimir (Emilio Salgari, Alejandro Dumas y muchos otros). Y si vamos más atrás todavía, hay algo de los juglares de la Europa medieval.

DAÑOS COLATERALES
Esta estructura dramática ya comenzó a filtrarse en las películas de Hollywood. La súper producción Piratas del Caribe 4 tiene esta estructura para las escenas, que, como vimos, está diseñada para un serial, no para un producto cerrado. La estructura le queda rara, con escenas independientes, con personajes que varias veces hacen cosas inverosímiles, sin sentido, al solo efecto de obtener una escena-unidad atractiva. El problema es que la trama general, la verosimilitud y el desarrollo conflicto-resolución dramática de la película queda subordinada a este esquema, y pasa a ser secundario (lo primario es obtener una escena-unidad atractiva e intensa) y así queda devaluado. El film termina siendo una cosa tibia, y uno sale del cine con una sensación de “si no la veía era lo mismo”.
Básicamente están usando el esquema de un capítulo de un serial en una obra completa auto-conclusiva. Innecesario. Se pueden lograr ambas cosas —escenas memorables y desarrollo dramático integral— sin este recurso, como en Volver al Futuro, Indiana Jones III o cualquier espagueti western de Sergio Leone u otros. Si esto se propaga más de la cuenta, me temo que vamos a ver películas pochocleras aun peores de las que ya se están viendo.
Sólo un fracaso rotundo nos podrá salvar de semejante calamidad.


Marcelo Ciccone